domingo, 8 de marzo de 2015

REFLEXIONES SOBRE LA MONARQUÍA



Según la constitución, el Rey es el Jefe del Estado, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica. Representación, sí. Pero ¿qué significa representación? Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, representación es la acción y efecto de representar. También es la autoridad, dignidad, categoría de la persona. Otra acepción es la figura, imagen o idea que sustituye a la realidad, o el conjunto de personas que representan a una entidad, colectividad o corporación. Por último, una cosa que representa otra. A su vez, entendemos por representar, entre otras acepciones, la de sustituir a alguien o hacer sus veces, desempeñar su función o la de una entidad, empresa, etc., o bien ser imagen o símbolo de algo, o imitarlo perfectamente.

Representar el Estado español.

España es un país de contrastes. El paso del tiempo nos profundiza en la desigualdad. Cada vez hay más brecha entre aquellos conocidos como ricos, y los que vivimos al día y con cuatro perras, o sea, los pobres. Las grandes fortunas crecen a nuestro alrededor, mientras que los que algún día vivimos con ciertas comodidades, nos descubrimos consultando cada día con más frecuencia la cuenta de ahorro, preocupados por que aquello no para de bajar. 

Nadie puede dudar que la crisis ha sido el expolio de las clases trabajadoras. Una clase donde incluyo al peón y al arquitecto, ya que dudo mucho que para pertenecer a la mal nombrada clase “media” haya que dejar de ser trabajador. Pero aunque seamos más pobres, no dejamos de configurar la inmensa mayoría de la sociedad.

Por lo tanto, el Estado español es la suma de muchos trabajadores. De mucha gente con capacidad de trabajar. De muchas familias de clase trabajadora, con niños que juegan con la pelota y abuelos que juegan al dominó. De muchas madres que se preocupan del negro futuro de sus hijos. De muchas abuelas que nos alegran la cena con una sabia tortilla de patatas.  De muchos desempleados que no encuentran trabajo y que tienen que emigrar. De muchos inmigrantes que batallan por considerar a este país como su hogar. Y, sí, también una reducida porción de grandes fortunas que no saben de preocupaciones económicas.

Esta amalgama es representada por el Jefe del Estado. Un organismo público, en régimen hereditario y con sucesión machista establecida en la propia constitución. Una casa real que recibe de los presupuestos del Estado una media de 8 millones de euros anuales. Una familia que recibe una retribución pública de 700.000 euros anuales. Unos emolumentos que representan a una parte muy pequeña de la población española, que tuvo una retribución media en 2013 de 23.650 euros.

Una familia que vive en palacios, según la estación del año, mantenidos por Patrimonio Nacional, como el Real, el de la Zarzuela, o el Pardo. También en palacios que no son de Patrimonio Nacional, pero sí públicos, como el de Miravent. Una forma de residencia que no corresponde a la población española, donde 19.500 familias perdieron su vivienda por ejecuciones hipotecarias.

Unos familiares que, por cuestión genética, tienen la vida arreglada a sueldo de los sufridos contribuyentes. Son los únicos españoles que cobran del erario público sin mediar procesos de igualdad y libre concurrencia. Un futuro parecido a la gran cantidad de jóvenes españoles cuya única salida es la emigración, a pesar de sus extensos currículos. 

Una monarquía que disfruta de la friolera de más de 100 vehículos, 24 de ellos particulares, conducidos por un escuadrón de 67 chóferes. Entre ellos, se encuentran vehículos históricos de gran valor, como Rolls Royce o Mercedes. También conducen vehículos más modernos, pero no por ello baratos, con marcas como Ferrari, Porche o Maybach. No obstante, a veces nos sorprenden en la televisión conduciendo vehículos normales, como el Opel Zafira azul que desfila últimamente por las puertas de la Audiencia de Palma de Mallorca, o el Seat Alhambra familiar con el que llevaban a la actual princesa al colegio. Una situación que dista mucho representar a la situación de parque automovilístico español, que reduce sus ventas año a año, consiguiendo llevar la edad media de los vehículos a un peligroso 11,3 años en 2014. 

El Rey además es una persona inviolable y no sujeta a responsabilidad. Cualquier negligencia que pudiera tener en el desarrollo de sus funciones, acabaría en su impunidad. No responde a errores ni irresponsabilidades. De hecho, el antiguo monarca, durante su reinado, no pudo ser juzgado por supuestas paternidades no reconocidas. Una forma de asumir responsabilidades muy alejadas del resto de los españoles, como por ejemplo, aquellos abuelos que sin saber leer, firmando con la huella, responden con sus ahorros en la estafa de las preferentes.

El antiguo monarca es un asiduo usuario de la sanidad, pero no pública. Operaciones en clínicas privadas, como la Quirón o la Milagrosa de Madrid, separan al ex Jefe del Estado de la cobertura que recibe la mayoría de los españoles. Mientras estos últimos deben soportar los recortes del gobierno, materializados en largas listas de espera o faltas de cobertura, Juan Carlos gozó del trato preferente que da el dinero. Muy propio.

Para concluir, basta con decir que el Jefe del Estado, a pesar de representar al Estado español, no participa de su humildad. Se calcula que su fortuna personal ronda los 1.600 millones de euros. Por lo tanto, representa mejor a ese 1% de ciudadanos de este país que tienen tanto como el 70% de los ciudadanos que ocupan la parte baja de la lista de riqueza. El Rey no representa al Estado. No es la imagen de los millones de españoles que sufren la crisis. No es la autoridad. No es la dignidad. No es la categoría del conjunto de los españoles. No es igual que nosotros. No nos representa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario