Según la
constitución, el Rey es el Jefe del Estado, asume la más alta representación
del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las
naciones de su comunidad histórica. Representación, sí. Pero ¿qué significa
representación? Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua,
representación es la acción y efecto de representar. También es la autoridad,
dignidad, categoría de la persona. Otra acepción es la figura, imagen o idea
que sustituye a la realidad, o el conjunto de personas que representan a una
entidad, colectividad o corporación. Por último, una cosa que representa otra.
A su vez, entendemos por representar, entre otras acepciones, la de sustituir a
alguien o hacer sus veces, desempeñar su función o la de una entidad, empresa,
etc., o bien ser imagen o símbolo de algo, o imitarlo perfectamente.
Representar
el Estado español.
España es un
país de contrastes. El paso del tiempo nos profundiza en la desigualdad. Cada
vez hay más brecha entre aquellos conocidos como ricos, y los que vivimos al
día y con cuatro perras, o sea, los pobres. Las grandes fortunas crecen a
nuestro alrededor, mientras que los que algún día vivimos con ciertas
comodidades, nos descubrimos consultando cada día con más frecuencia la cuenta
de ahorro, preocupados por que aquello no para de bajar.
Nadie puede
dudar que la crisis ha sido el expolio de las clases trabajadoras. Una clase
donde incluyo al peón y al arquitecto, ya que dudo mucho que para pertenecer a
la mal nombrada clase “media” haya que dejar de ser trabajador. Pero aunque
seamos más pobres, no dejamos de configurar la inmensa mayoría de la sociedad.
Por lo
tanto, el Estado español es la suma de muchos trabajadores. De mucha gente con
capacidad de trabajar. De muchas familias de clase trabajadora, con niños que
juegan con la pelota y abuelos que juegan al dominó. De muchas madres que se
preocupan del negro futuro de sus hijos. De muchas abuelas que nos alegran la
cena con una sabia tortilla de patatas. De muchos desempleados que no encuentran
trabajo y que tienen que emigrar. De muchos inmigrantes que batallan por
considerar a este país como su hogar. Y, sí, también una reducida porción de
grandes fortunas que no saben de preocupaciones económicas.
Esta amalgama
es representada por el Jefe del Estado. Un organismo público, en régimen
hereditario y con sucesión machista establecida en la propia constitución. Una
casa real que recibe de los presupuestos del Estado una media de 8 millones de
euros anuales. Una familia que recibe una retribución pública de 700.000 euros
anuales. Unos emolumentos que representan a una parte muy pequeña de la
población española, que tuvo una retribución media en 2013 de 23.650 euros.
Una familia
que vive en palacios, según la estación del año, mantenidos por Patrimonio
Nacional, como el Real, el de la Zarzuela, o el Pardo. También en palacios que
no son de Patrimonio Nacional, pero sí públicos, como el de Miravent. Una forma
de residencia que no corresponde a la población española, donde 19.500 familias
perdieron su vivienda por ejecuciones hipotecarias.
Unos
familiares que, por cuestión genética, tienen la vida arreglada a sueldo de los
sufridos contribuyentes. Son los únicos españoles que cobran del erario público
sin mediar procesos de igualdad y libre concurrencia. Un futuro parecido a la
gran cantidad de jóvenes españoles cuya única salida es la emigración, a pesar
de sus extensos currículos.
Una
monarquía que disfruta de la friolera de más de 100 vehículos, 24 de ellos
particulares, conducidos por un escuadrón de 67 chóferes. Entre ellos, se
encuentran vehículos históricos de gran valor, como Rolls Royce o Mercedes.
También conducen vehículos más modernos, pero no por ello baratos, con marcas
como Ferrari, Porche o Maybach. No obstante, a veces nos sorprenden en la
televisión conduciendo vehículos normales, como el Opel Zafira azul que desfila
últimamente por las puertas de la Audiencia de Palma de Mallorca, o el Seat
Alhambra familiar con el que llevaban a la actual princesa al colegio. Una
situación que dista mucho representar a la situación de parque automovilístico
español, que reduce sus ventas año a año, consiguiendo llevar la edad media de
los vehículos a un peligroso 11,3 años en 2014.
El Rey
además es una persona inviolable y no sujeta a responsabilidad. Cualquier
negligencia que pudiera tener en el desarrollo de sus funciones, acabaría en su
impunidad. No responde a errores ni irresponsabilidades. De hecho, el antiguo
monarca, durante su reinado, no pudo ser juzgado por supuestas paternidades no
reconocidas. Una forma de asumir responsabilidades muy alejadas del resto de
los españoles, como por ejemplo, aquellos abuelos que sin saber leer, firmando con
la huella, responden con sus ahorros en la estafa de las preferentes.
El antiguo
monarca es un asiduo usuario de la sanidad, pero no pública. Operaciones en
clínicas privadas, como la Quirón o la Milagrosa de Madrid, separan al ex Jefe
del Estado de la cobertura que recibe la mayoría de los españoles. Mientras
estos últimos deben soportar los recortes del gobierno, materializados en
largas listas de espera o faltas de cobertura, Juan Carlos gozó del trato
preferente que da el dinero. Muy propio.
Para concluir,
basta con decir que el Jefe del Estado, a pesar de representar al Estado
español, no participa de su humildad. Se calcula que su fortuna personal ronda
los 1.600 millones de euros. Por lo tanto, representa mejor a ese 1% de
ciudadanos de este país que tienen tanto como el 70% de los ciudadanos que
ocupan la parte baja de la lista de riqueza. El Rey no representa al Estado. No
es la imagen de los millones de españoles que sufren la crisis. No es la
autoridad. No es la dignidad. No es la categoría del conjunto de los españoles.
No es igual que nosotros. No nos representa.
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